... malvadas y peligrosas!
Sin que sirva de precedente, estoy totalmente de acuerdo con la Policía Nacional.
Esto ya es el colmo. Levantarse y ver la noticia en X es demencial. Ya iba siendo hora de que les parasen los pies. Llevan años así: se aprovechan de algo público para hacerlo privado.
Y ni el heteropatriarcado, ni los ninis, ni los colectivos vulnerables han tenido las gónadas de poner fin a esta barbarie.
Ellas, tan pichis, creyéndose moralmente superiores y, sin tener nada mejor que hacer, salen con nocturnidad y alevosía, con su silla y su “Mirinda de naranja”, creando el pasillo de la vergüenza. Algunas son más atrevidas y llevan lo que parece agua, pero es anís del mono.
¿Quiénes se creen estas “señoras” para vulnerar, noche tras noche en verano, nuestros derechos? Se creen que la calle es suya, y nosotros nos vemos obligados a pasar por el “pasillo de la vergüenza”. No podemos hacer impunemente maldades. Están ellas ahí, capturando el momento y guardándolo en su RAM. Luego no se acuerdan de dónde dejaron las zapatillas, hasta que las utilizan como drones para hacerte notar que vas por mal camino. Y para decirle a tus padres que venías bien... hasta que empezaste a hacer eses, y el camino era recto.
Además, son dañinas. Parecen despistadas, pero basta que te escorromoñes en la calle, que te acompañe otra persona a casa, que cantes por la calle, que te entre un apurón y necesites, fisiológicamente hablando, “desahogarte”, o que te descalces porque no aguantas más los tacones... para verlas sonreír y hacerte notar que están ahí. Por casualidad. Te van a saludar… Te sacan los colores, pero no te engañes: lo hacen a posta.
Y lo peor: las muy sinvergüenzas, cuando ya han despellejado a todo animal racional o irracional que ha pasado por su lado, lo recogen todo… ¡y encima barren la acera!
Al día siguiente piensas: “Pasado el día, pasada la romería”, y te acuerdas de ellas. Te crees que te han hecho un traje a medida —y razón no te falta—. Pero en lo que no caes es en que ellas también han sido jóvenes. Y más listas que tú. Siempre volvían a casa por el camino en el que no había corrillo. No tenían móvil, pero de haberlo tenido, jamás se habrían grabado haciendo el imbécil.
Ellas jamás dejaban pruebas. De lo que no se habla, no existe.
Las nuevas generaciones las llaman “las topas” o “fuentes de información del mal”. Yo las llamo abuelas, y son más buenas que el pan. El único riesgo que corres al verlas es llevarte la barriga llena, los mofletes amoratados y un buen consejo: “Más sabe el diablo por viejo que por diablo.”
“Los niños y los abuelos tienen que estar en la calle y sociabilizar. El resto simplemente estamos para respetarlos y ayudarlos.”
Y mientras pienso en esto, me vienen a la mente dos personas: nuestra Sara Montiel y Fernando Fernán Gómez. Me los imagino tomando un café tras una copiosa comida, comentando una noticia de un periódico cualquiera.
Como diría nuestra Saritísima:
—“¡Pero qué invento es esto!” —clavando su mirada en la noticia y enseñándosela a Fernando.
Él, al leerla, solo puede exclamar:
—“¡A la mierda, váyanse ustedes a la mierda!”
Y solo puedo pensar: qué bien mandados a la mierda están.
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