Érase una vez, un joven y atractivo, llamado Príncipe, que vivía en un país muy lejano, allí tenía su bien más preciado, su castillo, conoce un día a nuestra Princesa, se queda prendado de ella y se la lleva a su reino, alejada de todo y todos.
Nuestra Princesa, no se adapta a su nuevo país, llora día y noche, ya que, su Príncipe solo tiene ojos para su reino, lo tiene que cuidar para que no pierda su esplendor y sea fructífero, pero nuestra Princesa, se siente sola en el paraíso, ya que no tiene ni oficio ni beneficio, sus nuevos súbditos, no le prestan la debida atención y siente que su amado no le corresponde, que pasa mucho tiempo sola, eso la desconsuela y decide volver a su reino, con sus padres, allí, se siente querida, amada y respetada.
Nuestro Príncipe, al ver su reino vacío, monta en su corcel blanco y sin mirar atrás, va en busca de su amada, pidiéndole que entienda las obligaciones del reino, que solo la ama a ella y que, al ser su amor eterno, inca su rodilla y le pide en matrimonio, ella, no cabe en sí de gozo, su amado la ha seguido hasta encontrarla, le jura lealtad y monta en su caballo, para que su amado la lleve de vuelta a su nueva casa. Pero ella, que es honesta, sensible e inocente, le dice que, en su ausencia confundida por lo ocurrido, ha besado a una rana, que por favor la entienda. Él la mira a los ojos, azuza al corcel, raudo y veloz están otra vez en el paraíso.
Un día paseando por los jardines de palacio, se encuentran un pergamino, se miran extrañados, sin entender lo que ocurre, parece un mapa, con una inscripción: 2 senoicnatneT sal ed alsI Al.
Pobres par de ilusos, que error tan grande acababan de cometer.
(Era una trampa, ya no os acordáis queridos amigos, en todo cuento tiene que haber un malo, en este caso, era La Bruja Barneda).
Nuestros protagonistas, sin querer, habían caído en la trampa, fueron arrastrados por el viento, hasta una isla, desconocida para ellos, La Isla de las Tentaciones…
No entendían nada, cuando el viento los dejo, se vieron separados por un desierto, por más que trataban de encontrarse, sólo había arena.
En el nuevo reino, aunque separados por un desierto, no estaban solos, habías más parejas, a todas les había pasado lo mimos, habían encontrado el pergamino, con la inscripción y les arrastro un fuerte viento.
Nuestra amada Princesa, solo pudo encontrar una humilde choza, a pesar, de no estar sola, ante la mirada atónita del resto, busco una cama y se echó a llorar desconsolada, no podía dejar de pensar en su amado, no sabía que estaba haciendo y si estaría pensando ella.
Nuestro apuesto Príncipe, más acostumbrado a las expediciones, viéndose lejos de su amada, se percató, de que no estaba solo y se presentó a sus nuevos amigos, ellos le enseñaron que estaban en un oasis, rodeados por el desierto, que sus amadas estaban al otro lado, que era inalcanzable.
Mientras unas lloraban en la choza, otros reían en el oasis, pero todos, tenían algo en común. NO entendían nada.
El cielo de la Isla, hasta ahora, claro y azul se oscureció, las nubes, hasta ahora cálidas, se transformaron en la Bruja Barneda. Estaban atónitos, ellas se abrazaron muy fuerte, ellos, sin embargo, la miraron desafiantes.
Barneda, alzada en el cielo, mirando hacia ambos, los miro fijamente. Se dirigió a ellos:
Os creéis, castos y puros, que vuestro amor es inmune a las tentaciones, que todo lo puede, que solo en vuestra mente esta vuestro amado. Eso también lo pensaba yo, hasta que el tiempo y un espejo: me enseño lo que hacía mi Brujo Robles. Os doy, este juego de espejos, uno para vosotras, y otro para vuestros amados, solo podréis veros unos segundo cada día, pero no podéis hablar, sólo veréis, lo que hace el uno sin el otro. Entonces me diréis si tengo razón, si vuestro amado es el verdadero o sólo un pasatiempo.
Alzó las manos juntándolas y les lanzó un conjuro. ¡Érier em oy sartneim, siédlas o sodarapes!
Mientras nuestros amados príncipes, se hacían al nuevo lugar, llegaron más visitantes, entonces, lo comprendieron todo. En el oasis, aparecieron unas bellas amazonas, una para cada uno, ellos que no tenían miedo alguno, sabiendo que amaban a sus prometidas, les dieron la bienvenida. En la choza, aparecieron unos jóvenes guerreros, uno para cada una, ellas desconfiadas, le dieron tímidamente la bienvenida.
Pasados unos días, nuestra Princesa, no aguanto más y cogió el espejo, para poder ver a su prometido. No se lo podía creer, su amado estaba en un lago, bañándose con el resto de compañeros, mientras ella, sólo podía llorar y llorar, desolada en la cama, en las reuniones con sus compañeras, no dejaba de pensar en él.
Presa del pánico, al ver que su Príncipe está contento, bajo el hechizo de la bruja, escapa entre las zarzas que rodean su choza, cruza el desierto, invocando su abuelo Emérito el Conquistador, llega a junto su amado. Sin mediar palabra, nuestra damisela, a estas alturas, después de cruzar un desierto estaba poseída por el Conquistador, dice que es un hijo de Rasputín, que lo está pasando muy mal, que lleva 48 horas sin dormir y que él se está divirtiendo, que como le puede hacer eso. Que tendrá que explicárselo al rey.
El Príncipe, intenta explicarse ante su amada, pero al no sentirse escuchado, suspira y piensa, porque tienes que ser así, bella amada mía, porque me gritas y no me escuchas, en ese momento algo se rompe, en su corazón, comprende que no es feliz, que no puede ser el mismo desde que la conoció, necesita sentirse libre, tener libertad y conocer a gente nueva. Mira a su alrededor y se siente cómodo en su oasis. Para aliviar su pena, ya que su amada, no es la mujer que él creía, empieza a conocer a las amazonas.
La pobre princesa angustiada, vuelve a la choza, para ser consolada por sus compañeros de fatigas, sintiéndose fatal porque su príncipe, parece impasible a sus suplicas y dolor.
En el reino de las tentaciones, hay pocas normas, pero una de ellas y la más importante, los príncipes y las princesas no pueden tener contacto directo, y nuestra heroína, se la salta a la torera, por más que suplica, que estaba poseída y que no era su intención incumplir la ley. Barneda la visita y hace cumplir la ley, y le retira el espejo. Ella llora desconsolada por los rincones, sin apenas relacionarse con nadie porque solo piensa en su amado, que no la corresponde y que no llora por su dolor.
Al Príncipe se deja llevar, se olvida de la Princesa amargada y conoce a otra princesa que fíjate, no se cela, compite con otras y sale victoriosa, tan victoriosa que le atrae el príncipe y se dan un beso. Cuando ve las imágenes de su princesa, no la ve divirtiéndose, ni relacionándose y eso le da pena que no disfrute.
Nuestra princesa de cuento ve esas imágenes y después como siempre de poner podre a su “amado” pide la hoguera de confrontación. Sin ver que su amado ya ha atravesado con su sable la cueva de las delicias de la princesa centrada. Mientras esto ocurre, ya está diciendo que si el suplica su perdón ella lo perdonará, lo dice por activa y por pasiva, si se arrastra, ella será magnánima.
Continuará... ¡Sólo si es por clamor popular!
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