Que convierte la libertad de expresión en incitación al odio
España sufre de ofendiditis aguda por maldad pura y dura.
Pues sí, “aliades”, sí: ahora la libertad de expresión es delito. Pero los heteropatriarcas y las mujeres oprimidas solo pueden reírse de su ruindad. Llegan hasta el delirio y, como siempre, cruzan los límites y hacen que las verdaderas víctimas estén desatendidas con sus sandeces.
Lo que les jode y les duele es que, a mayor crispamiento zafio y burdo, más degradan las leyes que les amparan y las hacen total y absolutamente ridículas. Tanto, que “incitación al odio”, en la jerga actual, es decir la verdad. Ni más ni menos.
Los ofendiditos cogen aire en sus pulmones y tienen un berrinche de arpía tan grande que la pataleta de un niño pequeño queda en anécdota. Amenazan con denuncias que no pueden interponer y se creen superiores por ello.
El problema real son los activistas —que no dejan de ser asalariados de asociaciones que dependen directamente del Estado—, y ellos, tirando de asociación, ponen las denuncias para coartar la libertad de expresión de una persona que les cae mal, que no les da el “para bien”, y no los consuelan porque se autoperciben víctimas de algo que está en su imaginación.
Al final, una frase hecha la desvirtúan, pero consiguen el efecto contrario.
Duermen maravillosamente bien, pensando en la condena que va a tener el desdichado que o bien dijo una realidad, o bien una frase hecha. Lo gozan planificándolo, estigmatizándolo ante la sociedad, llamándolo todo lo que termina en –ista.
Cuando son ellos los más intolerantes, totalitarios y amargados, pero no lo pueden ver: la única neurona que tienen está haciendo eco, eco, en ese mundo imaginario en el que ven istas por todos los lados.
Y no dejan de ser las marionetas de quienes les roban el sudor de su frente y destruyen a su familia.
No hay más ciego que el que no quiere ver.
Pero qué bien nos lo pasamos los inmunes al virus woke y a la ofendiditis.
Ven a por lana, maja, que vas a acabar trasquilada.
Ya que es mi opinión, la voy a defender con mi única arma: mi retórica.
Recordad, queridos amigos, que no deja de ser la realidad de una minoría ruidosa que arruina vidas, pero no es algo extendido. Son pocas personas, a las que debemos hacer entender que el mal uso de las leyes las convierte en una caricatura de sí mismas.
La salud mental hay que cuidarla —sí, también la del que denuncia sin motivo—, y muchas veces se exagera cuando alguien plantea una pregunta que para unos es obvia y para otros es necesaria.
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