El falso derecho que esconde un exterminio
Bajo el disfraz de los “derechos individuales”, se esconde un proyecto silencioso de exterminio. No hablamos de teorías conspiranoicas: hablamos de una realidad cada vez más institucionalizada que elimina a los vulnerables no con violencia explícita, sino con un gesto supuestamente compasivo y progresista.
La eutanasia, en los casos extremos y terminales —cuando la muerte es inminente y el sufrimiento ya ha excedido todo límite humano—, puede entenderse como un acto de piedad. El clásico “truco de la morfina y la dosis correcta” ha evitado infiernos innecesarios a muchas familias. Si el enfermo lo pide, si los médicos lo avalan, si los días están contados... Lo veo bien. Lo veo humano.
Pero lo que se nos vende hoy no es eso.
Lo que se nos presenta como libertad es, en realidad, una rendición. Un salvoconducto para que personas rotas, desesperadas o empujadas al límite por la soledad y el abandono, encuentren en la ley el permiso que no tienen ni la fuerza física ni el coraje moral para ejecutar por sí mismas. El suicidio asistido es eso: un suicidio. Solo que vestido con bata blanca y validado por un papel.
Los enfermos con cuidados paliativos salen caros; la eutanasia, casi gratis. Esa es la ecuación que muchos gestores públicos no se atreven a decir en voz alta, pero que ya está operando en los presupuestos. No es compasión, es contabilidad. Y no lo olvidemos: lo barato siempre le sale caro al más débil.
Y ahí está el peligro: cuando el Estado no acompaña al débil, sino que lo impulsa al abismo. Cuando el sistema deja de ofrecer consuelo o salida, y pasa a ofrecer la muerte como alternativa legítima. ¿Y quién suele estar al final de esa cadena? Siempre los mismos: los viejos, los enfermos, los pobres, los solos.
Nos están vendiendo la eutanasia como un gesto de dignidad, cuando en realidad es una renuncia. Y en nombre de esa falsa dignidad, están exterminando a la población civilizada.
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