Para defender la vida, a veces hay que defender la muerte.
La hipocresía del insensato es propia de quien toma decisiones sin pensarlas mucho y se convierte en hipócrita sin saberlo. Sus síntomas son la prepotencia del ignorante, que defiende con superioridad moral aquello que cree saber. Además, sufre de ofendiditis: si le llevas la contraria, se enfada. Y mucho. Tanto, que lo único que sale por su boca son insultos terminados en -ista.
Bienvenidos al mundanal ruido de la era postmoderna del “ista”.
El derecho a la vida se defiende con fervor para los delincuentes, incluso aquellos que han causado un daño irreparable. Todos los delincuentes —desde el raterillo hasta el pederasta, el violador, etarra o asesino múltiple— están arropados y blindados por el sistema reinsertivo de nuestro código penal. Nos dan pena, ya que los privamos de libertad. La gran mayoría de ellos son total y absolutamente reinsertables. La pequeñísima minoría, no. Hablo de esa pequeñísima minoría que goza de seguridad, comida, lectura, televisión, vis a vis, sanidad... y que está demostrado que no pueden vivir en sociedad sin matar, o matar en vida a inocentes.
El derecho a la vida de los inocentes —la de los no nacidos, los enfermos degenerativos o terminales, los suicidas—, esas no. Y también legislamos, pero para que tengan derecho a morir. Y dicen, con una superioridad moral pasmosa: “Soy provida, no puedo firmar la pena de una persona por cometer un delito”.
¿Qué vida vale más?
El chiste se cuenta solo, ya que lo disfrazan de bondad y libertad. El aborto se legisla al grito de “es mi cuerpo, es mi decisión”, y la eutanasia, al grito de “una muerte digna”. Los suicidios son un problema mental, del que no vamos a hablar para que el resto de la ciudadanía no lo imite. En todos los casos, es la decisión más barata para todos y de la que más rédito político se obtiene. “De lo que no se habla no existe.” —Irene Montero.
No te olvides que el ser humano es instinto de supervivencia y que su mente está hecha para sobreponerse a la adversidad. Y, cuando no podemos solos, ahí es cuando debe estar la sociedad.
Ser provida significa entender que en mis entrañas se está formando otro ser. No es parte de mí, no me pertenece y no tengo la potestad de interrumpir su vida. Que tengo que cuidar la mente y conocer el motivo por el que el suicida quiere abandonar este mundo y darle las herramientas para que no lo haga. Significa que un enfermo degenerativo necesita todo mi apoyo emocional y logístico para que pueda realizar, con la mayor normalidad, su vida diaria. Y que, cuando les llegue la hora de partir, sea lo más dulce posible y sin dolor.
La pena capital no es venganza —para contadísimos casos—, es salvar vidas. Esta minoría en la cárcel también maltrata y mata a sus compañeros de celda, mientras son mantenidos a cuerpo de rey por las víctimas de sus delitos. Lo peor de todo es que, cuando salen a la calle, con el paso del tiempo, vuelven a delinquir. No encontrarás información al respecto: los informes son privados del Estado para que no cunda el pánico entre la población.
El factor común a todo esto es que somos nosotros, la sociedad, con nuestro trabajo, la que pagamos el aborto, la eutanasia, ignoramos al suicida y mantenemos a cuerpo de rey al delincuente.
Por eso, por más doloroso que sea: para defender la vida, a veces hay que defender la muerte.
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Nota aclaratoria
Hoy estoy desangelada. No tengo duende, y creo que la ocasión lo amerita.
El humor no puede herir la dignidad de las personas, y cuando conviertes en chiste o en una frase hecha algo tan serio, lo vuelves banal y lo deshumanizas.
Y no seré yo quien lo haga.
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