Crónica de una pelea a vida o muerte con la tecnología y el ahorro
Cuando el volumen está bajo, el dinero escasea y la paciencia se agota, solo queda el ingenio. Una historia real, con ovarios y auriculares, sobre cómo sobrevivir sin gastar un euro más. Porque aprender también es resistir.
El hambre agudiza el ingenio. El ser humano tiene que pasar hambre para llegar a la cima de sus posibilidades. Pero a muchos les parece una tontería; para mí, es importantísimo y fundamental en esta vida.
El esfuerzo y la dedicación hacen que tu mente no pare hasta que encuentre una solución a tu problema, por las buenas o por las malas.
En concreto, hoy me acabo de ahorrar comprar otros auriculares inalámbricos. Primero, porque soy paupérrima y, además, más tacaña que un catalán. Bueno, vale, para los catalanes que sufren de ofendiditis, cambio la frase por: más agarrada que la Virgen del puño. Destacar que no existe ninguna Virgen con el puño cerrado, así que espero de corazón que nadie se sienta ofendido.
El tema es el siguiente: que me disperso. Pero hoy no me importa dispersarme.
Me compré unos Xiaomi Redmi Buds 6 Play en sustitución de los Redmi Buds 3 Lite, que empezaban a darme fallos en la carga de la batería. Y como soy gafe y no me fijé, los Redmi Buds 3 Lite no tenían reducción de sonido y no podía usarlos para hablar por teléfono mientras hacía otra cosa. El ruido, para la otra persona, era una molestia horrorosa. Así que, si hablaba por teléfono, no podía moverme… Y bueno, eso lo sufrí en silencio, como quien tiene una hemorroide. Al final, me acostumbré.
Cuando me tocó comprar otros, me fijé en la reducción de sonido y estaba más contenta que unas castañuelas. En llamadas era maravilloso, nadie se quejaba. Pero yo sí. A pesar de tener un audio brutal y absoluto en llamada, en reproducción de audio ¡no! —Y sí, lo digo haciendo pucheros, porque quiero y puedo—. Pasado el plazo de devolución, y como no me gusta gastar en cosas prescindibles (y el que guarda siempre tiene), pues para pasear al perro usaba los cascos viejos, y para hablar, los nuevos. Incómodo, pero efectivo.
Pero hoy se me hincharon los ovarios y dije: alguna solución tiene que haber… y, dos horas después, la tengo. Os la contaría con todo detalle, a pesar de que no me gusta mucho explayarme. Ya sabéis que soy muy escueta y parca en palabras. Este escrito es la prueba. ¡Ja, ja, ja! Ingenuos míos.
Os lo voy a contar con todo detalle. En el móvil: Bluetooth, ajustes del dispositivo vinculado al móvil —los auriculares—, gestos… y en la primera opción, “presiona el auricular izquierdo una vez” —ponía vacío—, puse “subir el volumen”. Y se hizo la magia.
De más está decir que tras ver mil tutoriales, primero, había modificado todos los parámetros: opciones de desarrollador, reset de auriculares, vinculación completa tras reinicio de móvil y cascos. El tema era que, al principio, sí escuchaba como debía, pero, de golpe y porrazo de actualización, el volumen era bajísimo. ¡Incluso más que yo! Que ya es decir.
La moraleja de esta historia: hubiera sido más fácil comprarme otros cascos superiores. Estos son baratísimos —pero el que guarda siempre tiene— y todavía no sé fabricar mi propio dinero, ponerlo en curso y que tenga valor. Pero lo intentaré…
Si me lo dan todo hecho, nada tendrá valor. La solución más sencilla, o la explicación más tonta, a veces es la más efectiva y real. El que insiste y no se da por vencido siempre obtiene algo positivo a largo plazo.
Si no hubiera conseguido subir el volumen, los próximos auriculares que comprase serían perfectos para el móvil, ya que esta experiencia me ha hecho aprender mucho sobre sonido, códecs y compatibilidades técnicas en las que me tengo que fijar para hacer una buena compra. Pero al final lo logré. ¡Chi! Y ahora, además de estar contenta, estoy muy panda.
Nuestros jóvenes tienen que aprender a subir el volumen ellos solitos.
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