Buenos días, bienvenidos, hijos de la civilización.
Os saludan los aliados de España.
Suenan vientos de cambio en nuestra Patria —sí, Patria con mayúscula—, por agradecimiento y respeto al hogar que nos vio nacer y nos lo ha dado todo. Somos hijos de la civilización, de la educación y del respeto inculcados desde la cuna. Parece algo obvio, pero, en los tiempos que corren, es imprescindible decirlo.
¡Qué pena!
Es muy triste comprobar que a quien hemos abierto las puertas de nuestra casa —un plato en la mesa, una cama para descansar su abatido cuerpo, educación y sanidad—, de buenas a primeras, invade nuestro espacio, nos dice que la comida no le agrada, que no quiere aprender y que la paga no le llega: quiere más, para irse de cañas. Y, además, desprecia todo lo que hemos construido, ignorando la raíz profunda que sostiene nuestra civilización; esa que da sentido al orden, la justicia y la convivencia.
Y, justamente, eso es lo que está pasando en España ahora mismo. ¡Somos diferentes! Y nunca ha importado la raza ni el color de la piel. Siempre hemos tratado a todos como hermanos, haciendo el bien, abriendo nuestras puertas y sentándolos a nuestro lado con una sonrisa y un fuerte abrazo.
Así nos lo enseñaron nuestros mayores, así lo aprendimos desde pequeños: con la palabra que sana, la mano que ayuda y la frente en alto. Solo veíamos personas con mayores dificultades que nosotros —de todas las edades—, llamando a nuestra puerta.
Y, siempre, con una sonrisa, la hemos abierto.
Pero los tiempos cambian, y ahora ni se molestan en llamar a la puerta; entran sin pedir permiso. Y ya no solicitan nuestra ayuda: nos la exigen, dándolo por hecho como una obligación, y no como un acto de devoción, sin fijarse en que nuestra nevera y cartera ya están vacías…
No les importa a quién, cómo ni cuándo lo hacen. Y, lamentablemente, no tienen en cuenta las consecuencias de sus actos.
No hablamos de quien llega con respeto, humildad y ganas de integrarse. Para ellos, siempre habrá un hueco en nuestros corazones y en nuestros hogares, una buena charla y un buen consejo.
Hablamos de quien entra sin avisar, se sienta directamente en la cocina, desprecia nuestra comida sin siquiera mirarnos a la cara y, aun así, afirma que la culpa de sus males es nuestra.
Es entonces cuando decimos “basta”: esos no son nuestros modales. Nosotros no te faltamos al respeto; no lo hagas tú.
Y es en ese momento cuando intentan hacernos ver —por medio de falacias y lágrimas— que los malos somos nosotros. Nos cuentan sus desventuras y nos acusan de discriminar por raza o color de piel.
Nos tocan el corazón y bajamos la cabeza, avergonzados por nuestro comportamiento.
Pero, al alzar la mirada, vemos que nuestro hogar está asolado. Solo quedan los cimientos. Lo que antaño era confort, seguridad, educación y sanidad se ha convertido en indigencia. A la penuria del día a día ya no le damos importancia; lamentablemente, ya estamos acostumbrados.
Nuestros hijos lloran amargamente porque no supimos cuidarlos; pusimos las necesidades del vecino por encima de las de los nuestros. Ya no sonríen, ni salen a la calle, se sienten inseguros, están enfermos y desatendidos, y están desanimados porque no tienen futuro. Los hemos hipotecado sin darnos cuenta.
La realidad es que no hemos sabido ver el problema real: no se trataba de acoger al necesitado, se trataba de hacerle llegar las herramientas para que su hogar fuera seguro, sano y con futuro.
Por eso suenan vientos de cambio, la voz de nuestra juventud se alza a lo lejos, por amor a sus mayores y por un futuro para sus hijos. Y sabemos que eso jamás impedirá que, cuando alguien llame a nuestra puerta, la abramos con una sonrisa y una invitación a compartir lo que hemos construido y seguimos construyendo.
Bienvenidos a la revolución.
Gracias por estar ahí.
Vuestro impulso nos hará ser lo que fuimos.
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